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Con
una rítmica que se recrea en un universo de formas y espacios
enlazados. La obra de Donald Jiménez, nos adentra en lo humano
haciendo del complejo viceral una imagen estética.
Parte,
en efecto, de la apariencia de la muerte y ese “Yo”
perdido en su laberinto, valorado entonces, en el ciclo de la existencia.
El "continuum"se transforma en composición ágil
donde parece descubrir el cuerpo interno de la piedra que estamos
hechos.
La pérdida de Xinia no deja de ser una constante que transmuta
su obra. Ella está presente en la mente de este escultor
y como un abrazo invisible con lo ausente, sus manos se entrelazan
consigo mismo.
Entre el dolor y a vida se retuerce la forma y el espacio lo cruza
con su vuelo. Deja transparente la estructura y nos acerca al abismo
interior que somos.
No hay enlace más profundo que el del alma y así lo
vemos en la obra de este artista, que no se queda en silencio, que
trabaja tallando, haciendo orificios profundos en la piedra, hasta
quitarle su peso ontológico y crear esculturas, que además,
recuerdan aquella plástica antropomorfa precolombina, de
páneles colgantes oradados, filiformes, de incensarios, de
altares y lápidas ceremoniales, con similar valor metafísico,
en la sinópsis trascendental que nos enfrenta.
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